Gritos en silencio.

Durante años quise gritarle al mundo lo que me pasaba, cuando me tocaron sin consentimiento, cuando me besaban sin consentimiento, cuando me golpeaban, me gritaban, me humillaban, cuando me hacían sentir la peor mierda del mundo. Sin embargo siempre se me hizo callar, no fuera a molestar a los demás.

¿Y qué es lo que me queda? mis gritos en silencio.

Un silencio que nunca fue realmente silencioso, un silencio que me comía la cabeza de a poco, que me enloquecía y me volvía ese monstruo que quería ser para destruirlos a todos, para devorarlos a todos, que no quedara nada de ellos.

Y fui dejando pistas, dejando cachos por todos lados, sin embargo quienes veían mis pistas, quienes se topaban con alguna, a quienes les mostraba algo, siempre prefirieron creer que era yo queriendo llamar la atención o quizá no fueron lo suficientemente valientes para seguir las pistas y llegar con los monstruos, porque quizá no podían detenerlos, pero me dejaron sola.

Esos gritos en silencio fue lo que me permitió seguir viviendo, lo que hizo que quedaran sólo en fantasías e intentos fallidos intencionalmente mis deseos suicidas.

Las botellas de vidrio que rompía en la azotea y que luego me cortaba con los pedazos, las canciones escritas a cada momento, los amores ilusorios que me hacía, las historias alucinatorias que vivía, la sangre de los nudillos que destrozaban paredes, puertas y vidrios, los gritos en silencio nunca fueron silenciosos, cada sonido retumba todavía en mis paredes interiores al cerrar los ojos.

Nunca he estado en silencio, siempre estoy gritando pero tus oídos no pueden escucharme, así que crees que lanzo al aire puros gritos en silencio.

 

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(Dis)culpa.

Disculpa por disculparme todo el tiempo, pero me hicieron creer que tengo la culpa de hasta lo más absurdo. Les creí, me culpé, me culpo, siento que debo disculparme hasta de cosas que no he hecho.

Disculpa, algún día la culpa ya no estará.

Algún día sentiré que no es mi culpa, que no debo disculparme de ser yo, de gritar, de reìrme muy fuerte, de comer con las manos, de contar algo con mucha emoción o con mucha tristeza, que no sé que no debo pedir disculpas por ser yo, pero hasta que la culpa de ser quien soy se vaya de mí misma no podré dejar de sentir que vivo en un lugar donde no merezco nada por ser como soy.

Disculpa, la culpa la traigo atravesada en toda yo, en toda mi alma.

La manguera.

Llegué de la escuela, todavía traía puesto mi uniforme y estábamos comiendo, mi abuelo me pidió que le sirviera su postre:

– Hija, dame mi postre, por favor. Quiero un poco de ate.

– Sí, abue…

Cuando llego al refrigerador veo dos cuadrados desconocidos para mí, sé que uno de los dos es el ate que me pidió, pero no recuerdo de qué color es.

– Abue, ¿es la cosa café o la cosa verde?

– La cosa café, hija.

– Oye, sírvele a tu abuelo su postre y te espero acá afuera en cuanto termines – dice el tío que no soporto mucho -.

– Bueno.

Le sirvo su plato con ate y queso, me agradece y con mi plato de comida sin terminar salgo a ver qué es lo que quiere este man.

– Nunca vuelvas a insultar la comida de tu abuelo, ¿me oíste? – me dice mientras me sacude violentamente y me lastima los brazos –

– Pero ¿yo qué dije? no dije nada

– ¿No dijiste nada? le dijiste que era la cosa café o la cosa verde del refrigerador, no es una cosa, es su comida y le gusta, estás insultando su comida y por lo tanto a él también.

Me toma del cabello mientras me arrastra aproximadamente media cuadra que es el fondo de la casa, bajamos las escaleras y me lleva a donde hay dos tanques de unos 20 litros de gas, me empuja hacia ellos y me dice que me baje la falda y el calzón, me suba la blusa un poco y me agarre del tanque, yo lloro desesperadamente mientras grito para que se detenga, para intentar detenerlo. Me vuelve a decir eso mientras me amenaza que si no lo hago me va a ir peor.

Me bajo la falda mientras lloro y le pido que no lo haga, que yo no hice nada malo, me empieza a contar. Me bajo el calzón y vuelvo a decirle que no he hecho nada, que no insulté nada, que le serví como tenía que hacerlo, sigue contando. Me subo un poco la blusa y me agarro fuertemente al tanque de gas, toma una manguera que había cerca tirada en el piso, y comienza a golpearme, de pronto entre mis gritos de súplica para que se detuviera y llanto oigo a mi mamá y le grito que lo detenga, que pare lo que está haciendo, que yo no hice nada, él le dice que no se acerque, que me lo merezco y me va a corregir, sigo gritando que me ayude y que lo pare, no entiendo por qué se queda ahí parada sin hacer nada más que llorar y pedirle que pare. Me caigo al piso y continúa golpeando con gran satisfacción diría yo, mi mamá le grita que pare, que se detenga ya, llorando, cuando mi espalda y mis nalgas, hasta mis brazos por intentar detenerlo están dañados, rojos y me ha abierto la espalda es que por fin se detiene.

Mamá se acerca y me intenta recoger, yo no se lo perdonaba, ¿quién carajos deja que el imbécil de su hermano golpee a su hija menor y sin razón alguna? Fueron años de odiarla, de revivir ese momento una y otra vez, de alimentar culpas inexistentes.

 

 

Bajo la luz amarilla.

Hace unos años en un encuentro de lesbianas en su mayoría en una ciudad hacia el sur, yo conocí a varias compañeras ahí, nos comenzamos a hacer amigas, platicamos y en una salida por el centro de la ciudad, comenzamos a bromear S y yo de hacer una orgía, por lo que habían respondido que sí las otras dos chicas, así que regresamos al hostal, subimos a nuestra habitación donde había otras chicas durmiendo y comenzamos a besarnos, en estos encuentros es muy rara la ocasión en que no suceden encuentros sexuales. Estábamos nerviosas, no sabíamos cómo comenzar aquella situación, no nos alcoholizamos y eso nos hizo estar más nerviosas, así que llegamos a la habitación y nos acomodamos en la cama inferior de una litera individual, éramos cuatro, comenzamos a besarnos, yo besé a A y S a E, sus labios eran suaves y estaban húmedos, rozaban nuestros dedos con la piel, comencé a sentir sus respiraciones agitarse, el calor comenzaba a subir y nos intentamos acomodar en la cama, me quitó la blusa, le quité el brasier, sentí su sudor en mi piel, sentí el movimiento de las tres suavemente, las respiraciones se hacían más fuertes y agitadas…

– ¡Shhhhhhhhhhh!

Nos quedamos quietas, sin hacer nada durante unos segundos, no sabíamos qué hacer. Nos volteamos a ver y sin saber qué hacer, nos murmullábamos:

– Nos callaron

– Sí, ¿qué hacemos?

– Pues…

Nos mirábamos desconcertadas.

– ¡Shhhhhhh!

Escuché unos pasos fuertes y rápidos en el piso de madera.

Se prende la luz amarilla y nos descubrimos desnudas y señaladas por otra mujer, que nos comienza a gritar y a decir que somos unas pervertidas, unas asquerosas, que cómo es posible que estemos haciendo esto en un lugar así, que venimos a luchar no andarnos con juegos. Nosotras seguimos semi-desnudas, desconcertadas, yo al menos siento todo esto irreal, no entiendo qué está pasando, por qué me está gritando esa chica así. Me comienzo a sentir fuera de mi cuerpo, lo único que logro hacer es ver a mis compañeras y ver sus rostros de desconcierto igual, y tapándose, me siento avergonzada, humillada, me cubro el dorso con la sábana que encuentro.

La chica sigue diciéndonos cosas, no entiendo nada. De pronto nos dice que la violamos y yo sólo logro pensar en mis adentros ¿que hicimos qué?, me siento mal, me están viniendo muchas imágenes a la cabeza, comienzo a llorar y escucho a Ja decirle con lágrimas en los ojos:

– Compañera, por favor, tranquila, yo también fui violada.

Ella sigue señalándonos, se despiertan las demás mujeres dormidas en la habitación. Jo llega de su fiesta, P baja de su litera, M se despierta sin saber bien qué pasa, N se despierta e intenta parar a la otra mujer que no para de insultarnos.

– Compañera, yo estaba dormida, la que me despertó fuiste tú no las compañeras. Quizá no lo debieron hacer aquí, pero de eso a que las expusieras así ante todas.

Nosotras ya nos estamos poniendo ropa, yo tengo un coraje inmenso que siento que me le voy a ir encima, mejor prefiero retirarme a lo más lejano de la cama, me cubro con la sábana y sigo llorando de impotencia y de shock.

– Están aquí haciendo sus porquerías como animales. Esto no es un prostíbulo…

Se me acerca Je y me dice llorando que su mamá cuando descubrió que era lesbiana le dijo que era una prostituta y que como según su mamá le pagaban por acostarse con mujeres la obligó a mantenerla. Intentamos contenernos entre nosotras.

Todas dan su opinión, después de un rato esa chica sale de la habitación diciendo:

– Voy a ir con el encargado del hostal para que las saquen de aquí.

Su novia se queda en la habitación sin decir nada, sólo nos mira un poco apenada al parecer.

Yo no puedo estar ahí, así que me sacan, sigo llorando y me reubican en otra habitación, me voy con S. Ojalá todo esto no hubiera terminado así, pero tenemos nuestras heridas y tenemos nuestras formas de sanarnos la violencia vivida. Después de la marcha volvemos a la habitación ya vaciada y E, S y yo podemos concluir un acto que ya no estaba lleno de amor y lujuria, sino de temor por parte mío y culpa.

Nos volveremos a ver, espero.

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